Quise escucharme, así que bajé el volumen al ruido de afuera y subí el volumen de mi interior y pude conversar con mi tristeza, sin permitir que me contara su historia, ya la conocía.
Y fui feliz esa noche, no me culpé por los errores de otros, y entendí que debía perdonarme por todo lo que fui y por todo lo que dejé de ser por complacer a otros. Comencé a amarme como nunca nadie lo había hecho.
Me pude abrazar tan fuerte, que pude juntar mis partes rotas, y me quedé plácidamente dormida en los brazos de la persona que más me había amado en esta vida.
Había comenzado a disfrutar de mi agradable compañía, y una sonrisa se dibujó en mi rostro, ¡lo había entendido todo!

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